El Libro De Las Cosas Perdidas(c.1) by John Connolly

El Libro De Las Cosas Perdidas(c.1) by John Connolly

Author:John Connolly
Language: es
Format: mobi
Published: 2010-02-18T00:00:00+00:00


XXV

Sobre la hechicera, y lo que le ocurrió a Raphael y Roland

El patio estaba adoquinado con piedras negras y blancas, manchadas por los excrementos de las aves carroñeras que sobrevolaban la fortaleza durante el día. Unas escaleras esculpidas en la piedra llevaban a las almenas; en ellas se apoyaban varias filas de armas, pero las lanzas, espadas y escudos estaban oxidados, y no servían para nada. Algunas de las armas tenían diseños fantásticos, espirales intrincadas, y delicadas cadenas entrelazadas de plata y bronce, que se repetían en las empuñaduras de las espadas y las superficies de los escudos. David no conseguía conciliar la belleza de aquellas obras de artesanía con el siniestro lugar en el que se encontraban. Le sugería que el castillo no siempre había sido como era en aquellos momentos, sino que se había adueñado de él una entidad maléfica, un cuco que lo había convertido en un nido espinoso y cubierto de maleza, y que sus habitantes originales habían muerto o huido ante su llegada.

Una vez dentro, David vio restos de lucha: agujeros, sobre todo, donde los muros y el patio habían recibido la fuerza de las balas de cañón. Estaba claro que el castillo era muy viejo, aunque los árboles caídos que lo rodeaban indicaban que lo que Roland había oído y lo que Fletcher había afirmado ver era cierto, aunque fuese extraño: el castillo podía moverse por el aire y viajar a sitios nuevos con los ciclos de la luna.

Bajo los muros había establos, pero no tenían heno, ni tampoco se percibían los olores típicos de los animales saludables, que solían acumularse en aquellos lugares con el tiempo. Solo vio los huesos de los caballos que habían muerto de hambre tras el fallecimiento de sus amos, y el leve hedor que recordaba su lenta putrefacción. Frente a ellos, a ambos lados de la torre central, estaba lo que debían de haber sido los alojamientos y las cocinas de los guardias. David miró con precaución por las ventanas, pero no había ni rastro de vida. En el edificio de los guardias había literas vacías, y en las cocinas se veían hornos fríos y hambrientos. Los platos y las tazas seguían en las mesas, como si alguien hubiese interrumpido la comida y los comensales no hubiesen podido regresar después.

David se acercó a la puerta de la torre. El cadáver del caballero estaba a sus pies, con la espada todavía en la enorme mano. El arma no estaba oxidada, y la armadura del caballero todavía brillaba. Además, llevaba una ramita con una flor blanca metida en un agujero a la altura del hombro de la armadura. Todavía no se había marchitado del todo, así que David supuso que su cadáver no llevaba allí mucho tiempo. No tema sangre en el cuello, ni la había en el suelo que lo rodeaba; aunque el niño no sabía mucho sobre el mecanismo necesario para cortarle la cabeza a un hombre, se imaginaba que tendría que haber algo de sangre. Se pregunto



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